LA HIPOCRESÍA TAMBIÉN TIENE FRONTERAS

Hay algo que nunca deja de sorprenderme: la facilidad con la que miles de personas cambian su foto de perfil, levantan una bandera o escriben un hashtag creyendo que eso los convierte automáticamente en defensores de una causa.

La causa palestina se transformó, para muchos gobiernos y buena parte de la militancia internacional, en un espectáculo de corrección política. Mucho discurso, mucha indignación selectiva y muy pocas acciones concretas.

El caso de Egipto es uno de los ejemplos más evidentes. Comparte frontera con Gaza, controla el paso de Rafah y, sin embargo, esa frontera permaneció cerrada más tiempo del que estuvo abierta en casi dos décadas. Desde 1948 es, además, el único país árabe limítrofe con Israel y los territorios palestinos que jamás permitió el establecimiento de campos de refugiados palestinos en su suelo: Jordania alberga a más de 2 millones, Líbano a más de 200.000, Siria a más de 500.000. Egipto: cero, por decisión propia y sostenida.

Cuando en 2024 la guerra recrudeció y miles de civiles necesitaban escapar de una posible ofensiva total sobre Rafah, la respuesta de El Cairo no fue abrir las puertas. Fue reforzar el muro fronterizo, aumentar la vigilancia militar en el Sinaí y declarar explícitamente que no aceptaría un reasentamiento de gazatíes bajo ninguna forma. La justificación mezcla dos argumentos que rara vez se examinan juntos: por un lado, aceptar refugiados equivaldría a colaborar con la “liquidación de la causa palestina”; por otro, Al-Sisi libra una guerra activa contra los Hermanos Musulmanes y ve en Hamás, su filial palestina, una amenaza directa a su propia seguridad interna. El mismo gobierno que ondea la bandera palestina en cada cumbre no está dispuesto a dejar cruzar ni a la organización ni a los civiles que huyen de sus bombas.

Y sin embargo, en los foros internacionales el discurso sigue siendo el mismo: condenas, declaraciones solemnes, banderas ondeando frente a las cámaras. Si la solidaridad termina donde empieza la propia frontera, entonces no estamos hablando de solidaridad. Estamos hablando de marketing político.

Ese mismo marketing tiene su versión más cómoda en la militancia internacional, sobre todo en sectores de la izquierda que en su propio país reclaman derechos, libertades y garantías individuales, pero que frente a este conflicto se conforman con cambiar la foto de perfil y compartir un hashtag. Ahí se termina el compromiso. Lo que rara vez hacen es preguntarse quién gobierna Gaza y qué es lo que gobierna: una organización designada como terrorista por la Unión Europea, Estados Unidos y buena parte de Occidente, que reprime disidencia interna, ejecuta opositores sin juicio y ha usado sistemáticamente a la población civil como escudo humano, instalando infraestructura militar en hospitales, escuelas y zonas residenciales.

Lo curioso es que gran parte de quienes hoy señalan exclusivamente a Israel rara vez dedican una sola palabra a cuestionar la responsabilidad de los gobiernos árabes vecinos, ni exigen con la misma intensidad que Egipto abra sus puertas. Tampoco condenan con la misma energía el asesinato de civiles israelíes del 7 de octubre, ni mencionan a los rehenes. Parece que hay críticas permitidas y críticas prohibidas.

La tragedia de los civiles palestinos merece ser tomada en serio, precisamente por eso no debería convertirse en una herramienta propagandística ni en un recurso para acumular likes o posicionamiento ideológico. Se puede sostener, al mismo tiempo, que los civiles palestinos merecen vivir sin bombas y que Hamás es una organización terrorista que los mantiene como rehenes políticos. No son posiciones incompatibles. Lo que sí es incompatible es pretender defender a un pueblo mientras se blanquea a quienes lo usan como escudo y se mira para otro lado frente a los gobiernos vecinos que lo abandonan.

Defender una causa implica ser coherente. Si la indignación depende de quién sea el responsable, no estamos frente a una defensa de los derechos humanos: estamos frente a una postura política disfrazada de moral. La solidaridad de verdad no se mide por la cantidad de banderas que se publican en redes sociales, sino por las decisiones que se toman cuando hay que asumir costos reales.

Daniel.

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